La parte de nuestra vida que no podemos ver

¿Te has preguntado alguna vez que ha pasado en la vida de otras personas luego de lo que has hecho o dicho? O ¿has pensado en las decisiones que has tomado luego de oír o presenciar algo que ha hecho otra persona para ti? Para mí es fascinante pensar en las marcas que pudiéramos llegar a dejar en otros y como nunca tendremos acceso completo a las consecuencias de nuestra propia existencia.

Talvez en algún momento dijimos un consejo que aun resuena en la mente de otra persona, un gesto de amabilidad con alguien que hizo que tomara alguna decisión, o alguna persona te admira de lejos y tu puede que ni siquiera le conoces o compartes. Alguien talvez en algún momento difícil se acuerda de palabras que tu dijiste y toma algo de fuerza para seguir.

¿Cuántas veces habremos cambiado la vida de alguien sin darnos cuenta?

Solemos medir nuestro impacto por lo que vemos que nos devuelven: un agradecimiento, cuando alguien nos expresa algo o cuando vemos que la persona avanza en una decisión y luego pensamos que ya terminó nuestra influencia, como si esta tuviera una fecha de caducidad según el tiempo que es visible o tangible y que luego de esto, dejará de importar.

Pero esta idea nace desde la simpleza, el desconocimiento o desde una percepción necesariamente incompleta de la importancia de nuestra propia existencia. Y digo que es necesariamente incompleta porque nuestra naturaleza no puede manejar tanta cantidad de información sin que se desvié y hunda en el orgullo o la culpa. Así que la información balanceada nos afirma, anima y también nos corrige.

Debemos reconocer que lo visible de nuestras acciones es solamente una pequeña parte de sus consecuencias y que el eco de ellas será imperceptible para nosotros mismos pero que no por eso es menos importante. Esas ondas tocarán otras vidas, otros años, otras realidades.

Una de las partes más impresionantemente abrumadoras de esta realidad es la cantidad de personas que nos pudieran admirar y que nunca lo sabremos. Y no me refiero a una admiración exagerada o extrema sino simplemente en lo que podría pensar otra persona al vernos vivir: “quiero ser como esta persona en esto” “si el/ella puede, quizá yo también”, “me gusta como trata a los demás” y todo esto… sin darnos un ápice de cuenta.

Es hermoso pensar que tenemos personas que nos han inspirado sin saberlo y también hemos sido esas personas para alguien más. Es una especie de simetría existencial: somos espectadores de la influencia de otros, pero al mismo tiempo protagonistas silenciosos en la vida de otro más. Y esto nos podría hacer reflexionar en que no conocemos la dimensión de las acciones que realizamos, realmente solo podemos dar fe del tamaño o fuerza de la intención con la que actuamos.

Se me vienen a la mente personas que me han levantado con una palabra, con mensaje o un abrazo. Y a veces puedo de recordar de ellas solo que estuvieron ahí y lo hicieron, pero no puedo recordar su cara y menos su nombre. En el hospital, en el UBER, en el trabajo, en mi vida personal como en la profesional. Me veo viéndolas. Separando de sus acciones esa materia prima para decisiones, hábitos, proyecciones, metas de año nuevo y nuevas determinaciones.

Por otro lado, al pensar en todo este impacto, me genera una bulla interna que, así como no conocemos lo que pasa luego de nuestras acciones y que podrían estar cambiando vidas para bien, no sabremos todas las veces que hicimos daño sin querer. Es un poder en dos sentidos, inspirar o herir.

Talvez alguna palabra, un gesto de indiferencia o rechazo, una promesa a la que faltamos, un maltrato, una llamada o un mensaje pendiente. Es imposible estar completamente inmersos en esas realidades paralelas y cuantificar daños sin embargo esto sin duda nos invitaría a reflexionar que, aunque tengamos la limitante de la información en el tiempo y el espacio si tenemos una gran responsabilidad de las huellas que intentamos dejar.

Y es que, aunque no podamos cuantificar nuestro impacto si debemos pensar y actuar sabiendo conscientemente que nuestras acciones sí o sí van a llegar a importar o hacer eco en otras vidas. Esto no es una oda a lo mágico o idílico de la bondad de nuestras acciones o un reclamo que busca crear carga sobre decisiones buenas o malas de terceros. Es una llamado a la reflexión responsable de lo que nuestra existencia implica.

Tal vez nunca sepamos cuántas veces alguien pronunció nuestro nombre en una conversación en la que no estuvimos. Tal vez nunca sepamos quién encontró valor en algo que dijimos, o quién recuerda una versión de nosotros que nosotros mismos ya olvidamos. Pero podemos reafirmar, porque lo vivimos, que estamos todos en una especie de red de admiración y rechazo continuo. Y que estamos llamados a tejer con hilo de calidad.

¿Cuántas veces habremos cambiado la vida de alguien sin darnos cuenta?

Que maravilloso es pensar que vivimos nuestra historia desde dentro, pero participamos en muchas otras sin siquiera saberlo.

Publicado por Ana López García

Mamá de Esteban y profesional en Orientación en pausa. A Dios le debo todo. Soy amante de los atardeceres, la playa y el té matcha cada mañana. Me encanta ver milagros en lo más sencillo.

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