Cierto día uno de mis estudiantes en una atención individual me dijo: “Profe es que yo no quiero tener la misma masculinidad de mis compañeros, yo puedo ser hombre a mi modo”; esa frase me quedó calando en la mente en los últimos días por mirar con esperanza que las nuevas generaciones van deconstruyendo lo que se considera masculinidad. Es más abierto actualmente ese debate sobre lo que es «ser hombre en el siglo XXI».
En los últimos años, el término “nuevas masculinidades” ha comenzado a abrirse paso en las conversaciones sobre igualdad, salud emocional y desarrollo humano. En un mundo donde los modelos tradicionales de ser hombre han estado marcados por lo rígido, la competencia y el silencio emocional, resulta urgente replantearnos qué significa ser hombre hoy. Desde la orientación y el crecimiento personal, hablar de nuevas masculinidades implica una invitación profunda a cuestionar estereotipos, a sanar heridas colectivas y a construir relaciones más auténticas, empáticas y libres.
Hablar de nuevas masculinidades no significa que exista un único modelo “correcto” de ser hombre. Por el contrario, se trata de abrir espacio para una diversidad de formas de vivir la identidad masculina, rompiendo con los mandatos tradicionales que asocian el valor de los hombres con la fuerza física, la autoridad o el desapego emocional. Estas nuevas formas de ser buscan integrar la ternura, el autocuidado, la expresión de sentimientos, la paternidad activa y la corresponsabilidad en el hogar y en la sociedad.
Las masculinidades tradicionales han sido definidas como aquellas que ocupan una posición de poder y privilegio en la estructura patriarcal. Este modelo se ha perpetuado mediante la competencia, la represión emocional y el rechazo a la “feminidad”. Como lo explican Connell y Messerschmidt (2005), la masculinidad hegemónica es una construcción social que actúa como referente dominante, frente al cual muchas otras formas de ser hombre son marginalizadas o estigmatizadas. Este modelo no solo oprime a quienes no se ajustan a él, sino que también empobrece la experiencia emocional de los propios hombres.
La necesidad de transformar estas masculinidades no responde únicamente a una lucha por la equidad de género, sino también al sufrimiento que muchos hombres experimentan al intentar encajar en moldes que le exigen éxito siempre. Como señala Bonino (2000), la transformación requiere un trabajo cotidiano y consciente que permita a los hombres cuestionar los micromachismos y adoptar actitudes más humanas y saludables.
Construir nuevas masculinidades es una tarea compleja, pero profundamente esperanzadora. Se trata de aprender a vivir las emociones desde el equilibrio, de educar a las nuevas generaciones en el respeto y la empatía, y de asumir que ser hombre no está reñido con la vulnerabilidad ni con la ternura. Desde la Orientación y el desarrollo personal, podemos acompañar estos procesos con escucha, guía y herramientas que fortalezcan una masculinidad más libre, justa y en paz consigo misma y con los demás.
Entre la fuerza y la ternura, los hombres del presente tienen el reto —y la oportunidad— de reinventarse. Porque ser hombre, también, puede ser un acto de amor.
Referencias Bibliográficas
- Bonino, L. (2000). Varones y género. Papeles del CEIC, 75.
- Connell, R. W., & Messerschmidt, J. W. (2005). Hegemonic masculinity: Rethinking the concept. Gender & Society, 19(6), 829-859. https://doi.org/10.1177/0891243205278639