Hace unas semanas tuve la oportunidad de hacer un viaje fuera del país, un viaje de 13 días en El Salvador. Si bien para muchas personas hacer un viaje así es algo usual o cotidiano cada año para mi fue significativo ya que llevaba 19 años sin salir del país. Junto a las emociones que un viaje conlleva, éste fue importante en un proceso personal que llevo desde hace algunos años: el de la autoconfianza.
Porque aquel último viaje hace 19 años fue junto a mi familia y bajo el cuidado de mis padres, pero ahora fue un viaje en el cual tuve que aprender a hacerme responsable de aquellos trámites que pueden ser “engorrosos”, como el pasar por los controles migratorios o incluso tener que hacer una escala de varias horas en otro país.
Y es impresionante lo mucho que puede cambiar el ambiente de país a país, porque si bien mi país de destino es mucho más pequeño en territorio y población en comparación con Costa Rica, tuve la oportunidad de aprender mucho acerca de la autoconfianza, la autonomía y el control de las emociones.
Mi regreso se vio marcado por una larga espera de 6 horas en San Pedro Sula, Honduras, y allí mientras esperaba que los minutos se hicieran más cortos y las horas más rápidas, tome notas sobre todo lo aprendido en esos 13 días de viaje, incluyendo todo lo que pude aprender de mi mismo y de las demás personas con las que interactué.
Pude identificar algunos puntos de aprendizaje dentro de mi viaje:
1. Tener paciencia: a veces las esperas en los aeropuertos son largas, las filas son largas y los trámites son largos. Por ello aprender a disfrutar de los tiempos es necesario para disfrutar el viaje. El tiempo es aprendizaje si se sabe aprovechar.
2. Autoconfianza: creo que un control migratorio es sumamente intimidante, más cuando tomas conciencia de estar fuera de tu país. Por ello el desarrollar la autoconfianza es propicio para poder tener un paso seguro entre países.
3. Confiar en los demás: soy naturalmente una persona que confía en la bondad de las personas, pero al estar en otro país es necesario confiar en que realmente existen muchas personas buenas ¡los buenos somos más! Y que pedir ayuda, guía o consejo siempre es una buena idea para incluso conocer nuevas personas.
4. Vivir el momento presente: la conciencia plena en un viaje fuera del país es ¡maravilloso! Hay nuevos olores, sabores, sonidos y colores. Se aprende hasta en las visitas a los supermercados o al interactuar en un restaurante. Y todo ello nos lleva a apreciar los pequeños grandes momentos de la vida.
5. Orden y programación: los viajes de turismo son para disfrutar y descansar, pero eso no implica que no sea necesario ejercitar el orden y la planificación. Desde la compra de los tiquetes, hasta la preparación de la maleta (y su respectivo desmontaje) son oportunidades para aprender que se puede vivir con pocas cosas y llevando un itinerario u horario.
6. Aprender de los contratiempos: no siempre en un viaje se podrá hacer todo lo soñado o planificado, en el camino pueden surgir situaciones de salud o climáticas que fuercen a cambios.
Los viajes pueden ser maestros en la vida, nos enseñan a confiar en los demás y disfrutar de los momentos, a construir nuevos recuerdos y fortalecer nuestra autoestima. Y es que al final de la vida nos llevamos las experiencias, los sabores nuevos, las sensaciones novedosas y ese gusto por pensar “¿y si hacemos otro viaje?”.