Él come galletas chicky, ella prefiere las merendinas.
Él juega futbol y su equipo está en la hexagonal final del campeonato. Ella baila y ya se presentó, incluso, en el Teatro Melico Salazar.
Él te debate si le dices algo para corregirlo. Ella recurre a sus peluches para suavizarlo a uno.
Él es muy estructurado. Ella olvida donde dejó los zapatos el día anterior.
Con la mamá se comportan de una forma, conmigo de otra.
Josué tiene once años. Julissa pronto cumplirá los ocho.
Ellos son mis hijos, los mejores maestros que he tenido en la vida.
Y hoy es uno de los días que la sociedad me dedica, el día del padre. Y no por ello quiero caer en el debate sin sentido de si es mejor ser padre o no. Termina siendo una decisión de cada uno y estamos bien con eso.
Pero donde si quiero enfocarme es en la mejora de vida que trae ser padre y, además, ser padre presente. De hecho, la mejora que viene de ser padre, no de ser progenitor, que es algo que cualquiera de género masculino puede lograr.
Ser padre no es un titulo o etiqueta que se puede poner a diestra y siniestra. Está reservado para quienes han decidido “sacrificarse” por sus hijos. Si, porque sacrificarse no significa necesariamente inmolarse o que debo renunciar a mi, a mis sueños o a lo que quiero alcanzar. Sencillamente, incluís a tus hijos en el ajedrez de la vida y, de paso, les vas dando lecciones y herramientas de cómo salir adelante.
Y lo más importante, vas aprendiendo de las lecciones que te dan ellos. De las lágrimas que a veces, en el silencio de la soledad, derramas por ellos. Aprendes a salir adelante y a luchar, no porque seas invencible, sino porque vas descubriendo que tienes con qué enfrentar la vida. No somos invencibles y habrá golpes que nos derriben, pero siempre podemos escoger levantarnos y seguir luchando, las veces que sea necesario.
Algún día ellos alzarán vuelo. Es un momento futuro que, cuando lo pienso en el presente, me estruja mucho el corazón. Pero es inevitable, por eso quiero aprovecharlos hoy, ser el que pone límites, pero el que compra chocolates ocasionalmente. El que los apura por las mañanas, pero los despide con un beso en la escuela. El que los ve soñar y los empuja e incomoda para que vayan cumpliendo sueños.
Y, ante todo, quiero seguir siendo el tontillo de cuarenta y nueve años que aprende algo nuevo de ellos todos los días.
¡Feliz día, papacitos!