El aprendizaje que nos dejan los recuerdos.

En medio del ajetreo de la adultez, muchas veces regresamos, aunque sea por un instante, a los días de nuestra infancia o adolescencia. Una canción, una fotografía o una cajita de recuerdos como la que guardo desde pequeña pueden ser suficientes para transportarnos a esos años en los que la vida parecía más sencilla, pero no por eso menos formativa. Este sentimiento que podemos definir como nostalgia encierra un valor mucho más profundo: es una oportunidad pedagógica. A esta capacidad de los recuerdos de enseñarnos incluso años después, quisiera bautizarla como la pedagogía del recuerdo.

Como orientadora, me convenzo cada vez más de que durante la infancia y la adolescencia no solo aprendemos matemáticas o idiomas, sino también cómo se ama, cómo se enfrenta el miedo, cómo se cae y se vuelve a intentar. En esas etapas formamos los primeros lazos, enfrentamos las primeras pérdidas, conocemos la frustración, el juego, la envidia y la ternura. Son etapas que perfectamente podemos llamar aulas invisibles.

En ellas vivimos experiencias que, aunque muchas veces no se comprendan completamente en el momento en que se viven, van dejando huellas emocionales, cognitivas y afectivas. Más adelante, al recordarlas desde la adultez, se muestran como verdaderas lecciones de vida. Así, el recuerdo no es solo una simple memoria; es una forma de resignificación.

Mi propuesta es que la memoria se convierta en una maestra que nos enseñe a ver con madurez lo que pasamos con miradas reflexivas y de relectura. Por ejemplo, recordar un momento de soledad en la adolescencia puede ayudarnos a ser más empáticos con los jóvenes que hoy atraviesan esa etapa.

Hace poco, en la semana de concientización del bullying, recordaba y pensaba: «¿Cuánto más pude haber hecho por otros que sufrían cerca de mí en la adolescencia, pero no hice y al recordar esto, se ha convertido en meta ahora que estoy de este lado de la vida como orientadora.

Los recuerdos no son estáticos. Se enriquecen con nuevas interpretaciones. Aquella experiencia dolorosa de la infancia o adolescencia puede, ahora, convertirse en una fuente de fortaleza o en el motor para generar cambios positivos. En ese sentido, los recuerdos educan no solo por lo que nos muestran del pasado, sino también por lo que nos permiten construir en el presente.

Como sugerencia de esto, un principio que rige mi labor orientadora es generar espacios, idealmente que se conviertan en tradiciones. Ser educadora en esas aulas invisibles a través de ferias, convivencias, comités, actividades. En nuestra comunidad educativa hacemos picnic para despedir la época seca, tarde de chocolate y galletas para la época de Navidad, conteo de fin de año para celebrar, ya que no la pasamos juntos el 31 de diciembre, feria de emprendimientos para que los jóvenes se animen y ganen aunque sean 5000 colones para ir a comerse algo juntos, giras vocacionales donde pueden experimentar las carreras tocando órganos humanos, crean un robot o cuando pasamos a comer a un restaurante y nos devolvemos llenos de risas e historias para contar.

Quiero creer que con los años mis estudiantes recordarán todo esto con cariño. Quiero creer que dejé huellas que a los años se convierten en historias que ellos contarán a otros y los harán sonreír. Recuerdos que les harán recordar las aulas con satisfacción y nostalgia.

La pedagogía del recuerdo no es un método formal ni una disciplina académica. Es, más bien, una forma de sabiduría para la vida. Implica reconocer que los años no solo pasan, sino que enseñan; que las experiencias, incluso las más pequeñas, pueden volverse maestras.

Recordar puede ser una de las formas más potentes de aprender.

Publicado por Ana López García

Profesional en Orientación y mamá de Esteban. A Dios le debo todo. Soy amante de los atardeceres, la playa y el té matcha cada mañana. Me encanta ver milagros en lo más sencillo.

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