Esperar con ansias

¿Qué sucede cuando esperamos? ¿Perdemos el tiempo entre tanto y tanto suceden las cosas importantes? ¿Desperdiciamos la vida en el tráfico o en la mesa del restaurante? Tal vez te ha pasado en la parada de bus, donde el tiempo parece detenerse mientras la gente mira con esperanza en la dirección de llegada de su transporte, o quizá lo has notado en esa madre con su hijo que esperan impacientemente a que el semáforo cambie para cruzar la calle hacia la escuela. 

La espera es un acto universal, un momento compartido por todos, es en esos momentos, en esa pausa entre una acción y otra, donde la vida se manifiesta en su forma más simple. Esperemos en la infancia, esperamos en la adultez, esperamos en el trabajo y en la casa, espera también el mensajero que aguarda afuera de un establecimiento por alguien que salga a recibir su paquete, no solo está entregando un objeto; también está participando en una cadena de esperas, donde la anticipación y la rutina se entrelazan. 

En estos tiempos de tantos cierres de carreteras hemos visto también a esos trabajadores que bajo el sol y la lluvia esperan a que pase el último vehículo para cerrar la vía y ceder el paso hacia otra dirección, mientras nosotros esperamos a que avance el tránsito. La cuestión es que podemos esperar con frustración, con calma, teniendo la mente ahí o viajando a otros escenarios, podemos vivir la espera y quedarnos en la presunción de que perdemos la vida esperando.

La espera, en su esencia, no es solo un momento de inactividad; es una parte fundamental de nuestras vidas. Aunque a menudo puede parecer tediosa o interminable, hay una belleza en esos instantes de quietud, en esa anticipación que nos hace humanos. Reflexionando sobre mi propia vida, me doy cuenta de cuánto tiempo he pasado esperando. Espero con ilusión los momentos de reencuentro, como ver a mi sobrino cada semana. Espero con placer las comidas, esos instantes donde el tiempo se detiene para disfrutar de algo tan sencillo y a la vez tan reconfortante, y en otras ocasiones, simplemente espero que llegue la hora adecuada para realizar alguna tarea, dándole un sentido de orden y propósito a mi día.

Hace poco, durante una conversación con mi abuelo de 93 años, un recuerdo suyo me hizo sonreír, me dijo: “siempre que yo volvía del trabajo estabas ahí en la puerta con todas tus muñecas esperándome para que jugáramos juntos”. Esa imagen se quedó grabada en mi mente y me hizo preguntarme, ¿Qué espera ahora él en esta etapa de su vida? Y, más importante aún, ¿Qué es lo que yo espero para mis próximos cinco o diez años? 

Desde las pequeñas escenas cotidianas hasta las grandes expectativas de la vida, veremos cómo la espera, lejos de ser una simple pausa, está llena de promesas y de potencial. Es en esa espera, donde se encuentra no solo la paciencia, sino también la esperanza y la alegría de lo que está por venir. Así que, la próxima vez que te encuentres esperando, sonríe. Porque en ese pequeño instante, también estás viviendo.

Publicado por Natalia Galeano

Licenciada en Psicología, Máster en Innovación Social y Economía Solidaria.

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