Se dice que nunca en la historia de la humanidad había estado tan al alcance de la gran mayoría de gente el proponerse y alcanzar sus metas. La esperanza de vida ha aumentado, la posibilidad de formarse académicamente, de comer más sano y hacer ejercicio, las ventajas de la tecnología y la facilidad de acceso a la información se encuentran entre las principales razones de esta circunstancia favorable.
Y es que una de las mejores cosas que podemos hacer por nosotros mismos es, justamente, eso. Soñar con lograr alguna meta y poner manos a la obra. Y, entre más difícil sea de alcanzar la meta, nos permite experiencias y aprendizajes que nos ponen varios escalones arriba de quienes buscan solamente estar cómodos. Nos permite ser mejores y mejorar a aquellos quienes nos rodean.
Acá es importante anotar que tampoco se trata de irse de bruces detrás de cualquier “oportunidad” que se nos presente. Ya sabemos que los extremos son malos y, en este caso particular, lograr un equilibrio adecuado entre ser cauteloso y ser atrevidos es muy importante.
Porque necesitamos ser cautelosos para evitar errores “tontos” que a la postre terminan agotándonos y provocando ansiedades, enojos y frustraciones de a gratis. Pero, a la vez, debemos ser lo suficientemente atrevidos como para apostar por nosotros mismos, nuestras capacidades y estar “incómodos” un corto tiempo para lograr la gratificación, crecimiento y aprendizajes a mediano y largo plazo.
La imagen que tenemos hoy de nosotros mismos está constituida, en buena parte, por la evidencia histórica de nuestras habilidades, por aquellos logros que obtuvimos en algún momento de la vida. Seguramente hoy no lo recordamos, pero estuvimos muy felices de haber aprendido a caminar, a leer y escribir cuando éramos niños. ¡Ni se diga de cuando aprendimos a andar en bicicleta o a patinar! Un refuerzo positivo por parte de alguien más era una medalla de oro para nosotros.
Hoy día, ciertos desafíos nos parecen una cumbre inalcanzable. Eso sucede porque, en algún momento del camino, aquellos chicos ávidos de aprender y vivir le dimos paso a jóvenes asustadizos y a adultos miedosos que nos derrumbamos con el primer traspié u opinión desfavorable, sin darnos cuenta que la fórmula sigue siendo la misma a cuando éramos niños: cuantas más cosas difíciles nos esforcemos por hacer, más competentes nos veremos y sentiremos.
El esforzarse y vernos hacer cosas difíciles, de forma balanceada, es de los mejores regalos que nos podemos hacer en la vida. Sería un detallazo que nos lo obsequiemos más a menudo.